miércoles, 25 de abril de 2012

Descartes por Borges


Soy el único hombre en la tierra y acaso no hay tierra ni hombre.
Acaso un dios me engaña.
Acaso un dios me ha condenado al tiempo, esa larga ilusión.
Sueño la luna y sueño mis ojos que perciben la luna.
He soñado a Cartago y a las legiones que desolaron a Cartago.
He soñado a Virgilio.
He soñado la colina del Gólgota y las cruces de Roma.
He soñado la geometría.
He soñado el punto, la línea, el plano y el volumen.
He soñado el amarillo, el azul y el rojo.
He soñado mi enfermiza niñez.
He soñado los mapas y los reinos y aquel duelo en el alba.
He soñado el inconcebible dolor.
He soñado mi espada.
He soñado a Elisabeth de Bohemia.
He soñado la duda y la certidumbre.
He soñado el día de ayer.
Quizá no tuve ayer, quizá no he nacido.
Acaso sueño haber soñado.
Siento un poco de frío, un poco de miedo.
Sobre el Danubio está la noche.
Seguiré soñando a Descartes y a la fe de sus padres.


Moira Sonpotss

lunes, 16 de abril de 2012

Reunión del Domingo 22/4



Para el próximo domingo en nuestro nuevo encuentro, estaremos viendo:


Ciencia Ficción: repasaremos 3 cuentos de tres grandes escritores de este género:

"Su cita será ayer" - Philip K. Dick

"¡Cómo se divertían!" - Isaac Asimov

"Los pueblos silenciosos" - Ray Bradbury






¿Opiniones? ¿Críticas? ¿Comentarios del material en general? 

¡Bienvenido sea!  :) 

miércoles, 4 de abril de 2012

Con el reflujo del océano de la vida - Walt Whitman


Con el reflujo del océano de la vida,
Cuando me encaminaba por las playas que conozco,
Cuando paseaba allí donde las ondas te bañan,
Paumanok,
Allí donde murmuran roncas y sibilantes,
Allí donde la vieja madre cruel llora por sus hijos
abandonados,
Yo, mientras meditaba una tarde de otoño y miraba
hacia el sur,
Retenido por mi yo eléctrico fuera del orgullo que
me dicta poemas,
Fui arrebatado por el espíritu que se arrastra bajo mis
pies,
En el borde, el sedimento que representa toda el agua
y toda la tierra del globo.
Fascinados, mis ojos volvieron del sur, cayeron, para
seguir aquellas finas hileras de hierba,
Broza, paja, astillas, maleza, légamo,
Espuma, costras de las rocas brillantes, hojas
abandonadas por la marea,
Recorrí millas y millas; a un lado, el fragor de las
olas al romperse,
Allí, Paumanok, mientras yo pensaba el antiguo
pensamiento de las semejanzas,
Que tú me ofreciste, isla pisciforme,
Cuando vagaba por las playas que conozco,
Cuando caminaba con mi yo eléctrico en busca de
modelos.

Mientras recorro las playas que no conozco,
Mientras escucho la endecha, las voces de los
hombres y mujeres náufragos,
Mientras aspiro las brisas impalpables que me
asedian,
Mientras el océano - tan misterioso - se aproxima a
mí cada vez más,
Yo no soy sino un insignificante madero abandonado
por la resaca,
Un puñado de arena y hojas muertas,
Y me confundo con las arenas y con los restos del
naufragio.
¡Oh! Desconcertado, frustrado, humillado hasta el
polvo,
Oprimido por el peso de mí mismo, pues me he
atrevido a abrir la boca,
Sabiendo ya que en medio de esa verbosidad cuyos
ecos oigo, jamás he sospechado qué o quién soy,
A no ser que, ante todos mis arrogantes poemas, mi
yo real esté de pie, impasible, ileso, no revelado,
señero,
Apartado, escarneciéndome con señas y reverencias
burlonamente amables,
Con carcajadas irónicas a cada una de las palabras
que he escrito,
Indicando en silencio estos cantos y, luego, la arena
en que asiento mis pies.
Ahora sé que nada he comprendido, ni el objeto más
pequeño, y que ningún hombre puede
comprenderlo,
La naturaleza está aquí a la vista del mar,
aprovechándose de mí para golpearme y para
herirme,
Porque me he atrevido a abrir la boca para cantar.

Cierro con mis adversarios, los dos océanos,
Murmuramos juntos y nos lanzamos reproches,
haciendo rodar las arenas y los restos del
naufragio, sin saber por qué,
Estos jirones te representan a ti y nos representan a
todos.
Playa deleznable llena de desechos,
Isla pisciforme, yo tomo lo que está bajo mis pies.
Lo que es tuyo es mío, madre mía.
También yo, Paumanok,
También yo he bullido, he flotado sobre lo
inmensurable y he sido arrojado sobre
tus playas,
También yo no soy sino un objeto arrojado por el
mar sobre la playa, y un desecho,
También yo dejo en ti restos de mi naufragio, isla
pisciforme.
Me arrojo sobre tu pecho, madre mía,
Me adhiero a ti de modo que no puedas rechazarme,
Te tengo firmemente asida hasta que me respondas
algo.
Bésame, madre mía,
Tócame con tus labios, como yo toco con mis labios
a los que amo,
Dame con un suspiro, mientras te abrazo
estrechamente, el secreto del murmullo que
envidio.

Bajad, aguas del océano de la vida (ya volveréis en la
pleamar),
No ceses en tus gemidos, vieja madre cruel,
Llora sin término por tus hijos abandonados, pero
no temas, no me niegues,
No susurres con voz tan ronca y colérica contra mí,
cuando te toco o me aparto de ti.
Os amo tiernamente a ti y a todos,
Hago provisión para mí y para esta sombra que nos
mira y nos sigue a mí y a lo que me pertenece.
Yo y lo mío, hileras de hierba, pequeños cadáveres,
Espuma blanca como la nieve, burbujas
(Ved cómo de mis labios muertos mana el fango al fin,
Ved cómo los colores del prisma relucen y se agitan),
Manojos de paja, arenas, fragmentos,
Puestos a flote por muchos humores contradictorios,
Por la tempestad, la calma, las tinieblas, las olas
embravecidas,
Pensativos, un hálito, una lágrima salobre, una
salpicadura de agua o fango,
Arrojados igualmente desde las fermentaciones
insondables del abismo,
Uno o dos capullos marchitos, desgarrados
igualmente, flotando sobre las olas a la deriva,
Igualmente para nosotros aquella endecha sollozante
de la Naturaleza,
Nos acompaña el clangor de las trompetas de las,
nubes,
Nosotros, caprichosos, traídos acá no sabemos de
dónde, tendidos ante ti,
Tú, allá arriba, caminas o te sientas,
Quienquiera que seas, también nosotros yacemos
náufragos a tus pies.


                                                                                                                                                                         La Rufiana Melancólica

domingo, 1 de abril de 2012

Tabaquería - Fernando Pessoa


No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto de uno de los millones de gente que nadie sabe quién es
(y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?),
dais al misterio de una calle constantemente cruzada por la gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, evidente, desconocidamente evidente,
con el misterio de las cosas por lo bajo de las piedras y los seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres,
con el Destino conduciendo el carro de todo por la carretera de nada.

Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad.
Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme
y no tuviese otra fraternidad con las cosas
que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle
la fila de vagones de un tren, y una partida pintada
desde dentro de mi cabeza,
y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a la ida.

Hoy me siento perplejo, como quien ha pensado y opinado y olvidado.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo
a la tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

He fracasado en todo.
Como no me hice ningún propósito, quizá todo no fuese nada.
El aprendizaje que me impartieron,
me apeé por la ventana de las traseras de la casa.
Me fui al campo con grandes proyectos.
Pero sólo encontré allí hierbas y árboles,
y cuando había gente era igual que la otra.
Me aparto de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué voy a pensar?
¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? Pero ¡pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede haber tantos!
¿Un genio? En este momento
cien mil cerebros se juzgan en sueños genios como yo,
y la historia no distinguirá, ¿quién sabe?, ni a uno,
ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos perdidos con tantas convicciones!

Yo, que no tengo ninguna convicción, ¿soy más convincente o menos convincente?

No, ni en mí...
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no hay en estos momentos genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
-sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas-,
y quién sabe si realizables, no verán nunca la luz del sol verdadero
ni encontrarán quien les preste oídos?
El mundo es para quien nace para conquistarlo
y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que lo que hizo Napoleón.
He estrechado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo,
he pensado en secreto filosofías que ningún Kant ha escrito.
Pero soy, y quizá lo sea siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no ha nacido para eso;
seré siempre el que tenía condiciones;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta
y cantó la canción del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámame la naturaleza sobre mi cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que tropieza en mi cabello,
y lo demás que venga si viene, o tiene que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama;
pero nos despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de casa y es la tierra entera,
y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.


(¡Come chocolatinas, pequeña,
come chocolatinas!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que las chocolatinas,
mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Ojalá comiese yo chocolatinas con la misma verdad con que comes!
Pero yo pienso, y al quitarles la platilla, que es de papel de estaño,
lo tiro todo al suelo, lo mismo que he tirado la vida.)

Pero por lo menos queda de la amargura de lo que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico partido hacia lo Imposible.
Pero por lo menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble, al menos, en el gesto amplio con que tiro
la ropa sucia que soy, sin un papel, para el transcurrir de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.

(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega, concebida como una estatua que estuviese viva,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y disimulada,
o marquesa del siglo dieciocho, descotada y lejana,
o meretriz célebre de los tiempos de nuestros padres,
o no sé qué moderno -no me imagino bien qué-,
todo esto, sea lo que sea, lo que seas, ¡si puede inspirar, que inspire!
Mi corazón es un cubo vaciado.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus, me invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con absoluta claridad,
veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,
veo a los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo a los perros que también existen,
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo.)

He vivido, estudiado, amado, y hasta creído,
y hoy no hay un mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
Miro los andrajos de cada uno y las llagas y la mentira,
y pienso: puede que nunca hayas vivido, ni estudiado, ni amado ni creído
(porque es posible crear la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
puede que hayas existido tan sólo, como un lagarto al que cortan el rabo
y que es un rabo, más acá del lagarto, removidamente.

He hecho de mí lo que no sabía,
y lo que podía hacer de mí no lo he hecho.
El disfraz que me puse estaba equivocado.
Me conocieron enseguida como quien no era y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme el antifaz,
lo tenía pegado a la cara.

Cuando me lo quité y me miré en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba borracho, no sabía llevar el dominó que no me había quitado.
Tiré el antifaz y me dormí en el vestuario
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para demostrar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
ojalá pudiera encontrarme como algo que hubiese hecho,
y no me quedase siempre enfrente de la tabaquería de enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo
como una alfombra en la que tropieza un borracho
o una estera que robaron los gitanos y no valía nada.

Pero el propietario de la tabaquería ha asomado por la puerta y se ha quedado a la puerta.
Le miro con incomodidad en la cabeza apenas vuelta,
y con la incomodidad del alma que está comprendiendo mal.
Morirá él y moriré yo.
Él dejará la muestra y yo dejaré versos.
En determinado momento morirá también la muestra, y los versos también.
Después de ese momento, morirá la calle donde estuvo la muestra,
y la lengua en que fueron escritos los versos,
morirá después el planeta girador en que sucedió todo esto.
En otros satélites de otros sistemas cualesquiera algo así como gente
continuará haciendo cosas semejantes a versos y viviendo debajo de cosas semejantes a muestras,
siempre una cosa enfrente de la otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan verdadero como el sueño del misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni la otra.

Pero un hombre ha entrado en la tabaquería (¿a comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente encima de mí.
Me incorporo a medias con energía, convencido, humano,
y voy a tratar de escribir estos versos en los que digo lo contrario.
Enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los pensamientos.
Sigo al humo como a una ruta propia,
y disfruto, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de encontrarse indispuesto.

Después me echo para atrás en la silla
y continúo fumando.
Mientras me lo conceda el destino seguiré fumando.
(Si me casase con la hija de mi lavandera
a lo mejor sería feliz.)
Visto lo cual, me levanto de la silla. Me voy a la ventana.

El hombre ha salido de la tabaquería (¿metiéndose el cambio en el bolsillo de los pantalones?).
Ah, le conozco: es el Esteves sin metafísica.
(El propietario de la tabaquería ha llegado a la puerta.)
Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y me ha visto.
Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós, Esteves! , y el Universo
se me reconstruye sin ideales ni esperanza, y el propietario de la tabaquería se ha sonreído.




                                                                                       Nerina

II - Hemingway


Hemos pensado los pensamientos más largos
y elegido los caminos más cortos.
Hemos danzado ritmos endemoniados,
temblando al regresar a casa para rezar;
para servir a un amo en la noche,
y a otro en el día.


                                                                                    Musa Enferma.

I - Hemingway


La noche se acerca entre suaves y somnolientas plumas
oscureciendo el día
acariciando el brillo perlado
moldeando el barro
antes de que adquiera la dureza final
exigiendo que nos quedemos.

Musa Enferma.

viernes, 30 de marzo de 2012

Reunión del Domingo 1/4


Ahora nuestras reuniones se realizarán los domingos, y en este primer día del mes, estaremos analizando a un escritor eternamente querido por nosotros: Ernest Hemingway, de quién leeremos una de las novelas que lo hizo famoso y  un cuento: 




El viejo y el mar 



Las nieves del Kilimanjaro




¿Opiniones? ¿Críticas? ¿Comentarios del material en general? 

¡Bienvenido sea!  :)
"Crepúsculo incesante y candente lleno de espectros y sombras resentidas porque la tarde fue seducida por aquel desvanecimiento infame conducido a través del insondable amanecer..."